Pincelazos del Chihuahueño


Por Francisco Solana Martínez


El origen incierto de la raza de perros Chihuahueño ha despertado un sinnúmero de hipótesis, algunas de las cuales no pueden soportar el escrutinio de los especialistas al presentarse como sucesos aislados en relación con un conjunto de hechos que pudieron intervenir para dar origen a los perros Chihuahueño, situados con frecuencia como originarios de aquí o de allá…

Me gustaría empezar por enlazar varias hipótesis que posiblemente intervinieron en la formación de la raza de nuestros formidables chihuahueños. Se cree que las migraciones de los seres humanos procedentes del noroeste de Asia, en flujos intermitentes, se dio desde hace 75 mil años y prosiguió hasta cerca de 15 mil años cuando se fechan más evidencias físicas de su cruce por el estrecho de Bering a veces por las costas, otras veces más tierra adentro, así fueron poblándose las Américas con individuos cuyo origen genético se tiene actualmente bien identificado, son relativos y cercanos a los pueblos indoamericanos.


Empezaremos por la hipótesis que considera a las migraciones humanas procedentes de Asia como ciertas y observaremos el posible viaje de perros con esos primeros seres humanos quienes seguramente no querrían dejar atrás a sus amigos de cuatro patas, así que en esa inusitada exploración, huyendo del frío glacial y siguiendo a las manadas de animales con las cuales se alimentaban, los humanos de antaño fueron los inmigrantes más notorios de nuestro continente, quienes todo parece apuntar viajaron con dos razas de perros particulares y antiguos, uno sin pelo y otros muy pequeños, inclusive algunos se han aventurado a proponer a los antepasados del perro Crestado de China como uno de los involucrados en el tamaño de los chihuahueños modernos y posiblemente en los genes negativos recesivos de los perros sin pelo, como los Xoloitzcuintles y los perros Flora Peruano.

Daremos un voto a favor de tales hechos que pudieron ser posibles, así que miles de años habrían de transcurrir hasta la formación del pueblo olmeca, instalado en las áreas húmedas del sureste mexicano, que pudieron avanzar hasta ser creadores de su propio estilo artístico, arte en cerámica como el ánfora descubierta con la forma parecida al perrito Chihuahueño que conocemos, fechada en el año 100 y ubicada en el centro ceremonial olmeca de Tres Zapotes, al sur del estado de Veracruz. Este pueblo olmeca, cuyos más antiguos testimonios podemos situarlos en torno a 3,750 años antes del presente, como lo testimoniaron las pruebas con carbono catorce practicadas a las piezas encontradas en 2005 en el yacimiento arqueológico de Manatí, cerca de Minatitlán, también en el estado de Veracruz.

La cultura olmeca ha sido considerada una de las precursoras del desarrollo cultural y piedra angular en la consolidación del mismo Teotihuacan, cuya ciudad enorme llegó a tener más de 300 mil habitantes, no tenía un rey solo, sino diferentes líderes de diversas regiones que se unían a través del comercio y la guerra para hacer crecer lo que los estudiosos habían de intitular como Mesoamérica, que abarca la mayoría de las culturas en el centro y sur de México y otras naciones actuales hasta las fronteras mismas con Costa Rica.

Esa vasta región era sostenida por un intenso intercambio comercial, una de las fronteras con Aridoamérica al noroeste, no fue obstáculo para realizar operaciones comerciales entre los habitantes de Mazatlán en Sinaloa y otros de Kaminaljuyu en Guatemala, con quienes tenían evidentes tratos comerciales; las costas del actual estado de Chiapas se vieron pobladas con naves provistas de velas, cuyos propietarios en otros momentos se encargaron de concentrar el poder y la hegemonía; lo mismo sucedió con el transcurrir del tiempo en Oaxaca. Así vemos cómo una diversidad de pueblos crean la ciudad sin rey que fue Teotihuacan, para que las diversas regiones del país se interconectaran a través del comercio, podemos ver cómo en los tableros consagrados a la Diosa Chalchihuitlicue, escultura ubicada actualmente para su resguardo en el centro del Museo Nacional de Antropología e Historia en la Ciudad de México, se observan los motivos y decoraciones esculpidas en piedra y otras con estuco en las que prosperan los peces y los cocodrilos, las garzas y las serpientes, el agua y las conchas, así como otros motivos que nos ubican más en las costas de Veracruz que en el altiplano central.

Esa intensa actividad comercial implicó el desplazamiento de miles de personas a través del tiempo, del mismo modo como habrían de haber llegado los perros con los humanos miles de años antes. Así que después del sorprendente ascenso de los toltecas, quienes se beneficiaron del abandono de la ciudad de los dioses, en el año 900 d.C., generaron una casta de personas dominantes que vivían en torno a los líderes, quienes a través del tiempo fueron eligiendo a los mejores perritos por sus características de tamaño y personalidad, a tal grado de importancia que los esculpieron en piedras que fueron reutilizadas para la construcción de iglesias como la de Tonancintla, en Puebla, donde podemos observar al Techichi que vivió con los toltecas con su graciosa figura la cual recuerda a nuestros simpáticos chihuis.


Mesoamérica en su conjunto dejó testimonio de los hermosos perritos que conocemos como chihuahueños, para los pueblos originarios del centro y sur de México los techichis -como fueron llamados y celosamente elegidos por las élites toltecas-, su distribución por tal suerte se expandió hacia los confines de su sistema internacional de influencia, los vemos en Colima, San Luis Potosí, Oaxaca, en el valle central de México, Puebla, Chiapas y la península de Yucatán, incluyendo a Campeche, prácticamente el mundo mesoamericano compartía la elección de la nobleza tolteca al seleccionar a los techichis como sus compañeros.


Inteligentes, valientes e intrépidos habían robado el corazón de todos quienes los conocen desde el amor. Vinculados estrechamente a la vida y la muerte humanas, eran para los antiguos pueblos mesoamericanos un eslabón principal para poder cruzar el primer gran obstáculo camino al Mictlán, lugar de los muertos, donde sin su ayuda canina serían devoradas las ánimas por una temible iguana azul, como lo relatan las creencias transmitidas a través de los códices y que nos platica al oído acerca de una vocación originalmente canófila en México, la cual fue turbada severamente con el impacto de la colonia europea con todas sus consecuencias.


El mundo afable y próspero de los toltecas se complicó socio-política y económicamente, muchos hablan de fusión, otros de migración, el caso es que igual que las personas de Teotihuacan la ciudad de Tula fue abandonada. La diáspora de individuos se dio hacia diferentes direcciones, de algunos de ellos se tiene registro, como los que llegaron a Nicaragua, donde aún se conocen con el nombre de pipiles (nobles) por citar uno de muchos ejemplos del viaje de teotihuacanos y toltecas a Centroamérica, algunos regresaron como en el caso de los nonoalcas, a quienes los de Tula habían de reconocer su pericia en la guerra y el conocimiento aprendido en Centroamérica para utilizar el metal como arma de guerra, lo cual los convirtió en parte de los ejércitos toltecas con hachas de bronce, superiores a las hachas de piedra con las que se defendían hasta entonces, así que les dieron posición y atributos para incorporarse a la sociedad tolteca en el nonoaltepetl (Cerro de los que hablan raro).


A través de la cerámica y la escultura en piedra nos percatamos de la predilección de las personas en toda la región por los perritos que engalanaron y se divirtieron en las habitaciones de interior.


En el códice florentino, el cual cuenta con anotaciones al margen del mismo Fray Bernardino de Sahagún, quien recogió de sus informantes la manifestación vertida en dicho códice colonial creado en el siglo XVI, del cual fue enviada una copia para el Papa de Roma. Descrito por primera vez en 1793, en él se enlistan cuatro tipos diferentes de perros que fueron consignados en el códice, estos son: el Chichi itzcuintle, Tehui, Xolo itzcuintle y otro llamado Techichi; como vemos, existían cuatro razas diferenciadas para los perros del México antiguo, actualmente podemos reconocer únicamente tres de ellas: Chihuahueño, Xoloitzcuintle y Calupoh. Por las referencias y descripciones en diferentes textos antiguos, los techichis parecieran ser los antepasados de los actuales perritos Chihuahueño.


Como mencioné antes, el desarrollo de la civilización mesoamericana habría de dar un golpe de timón con la llegada de los europeos a partir de los primeros años de 1500, en lo que se refiere a los perros, ellos sufrieron una condición de parias que los puso a prueba. Los Xoloitzcuintle se refugiaron en las selvas bajas espinosas de los actuales estados de Oaxaca, Guerrero y Jalisco principalmente, los antepasados de los Calupoh desaparecieron en las montañas recuperando su carácter indómito y los Techichi fueron cruzados por su tamaño y particularidades estéticas con otros perros pequeños durante prácticamente toda la Colonia Española, que podemos situar desde principios de 1500 a la consumación de la Independencia en 1827.


En el año de 1850, un prestigioso coleccionista y viajero norteamericano se acercó al área de Casas Grandes en Chihuahua, ahí encontró entre las ruinas de la antigua ciudadela, según él, al más hermoso y más pequeño perro del mundo, (lo cual no les gusta a los criadores de la raza: Miniatura rusa, la cual compite con los chihuahueños por el liderazgo en la talla más pequeña) pero sí lograron convencer a varios artistas y canófilos de prestigio para financiar la exploración tras lo que ellos llamaron: el rescate de la raza de perros más pequeña del mundo. Trabajos que pueden observarse como uno de muchos otros exitosos cañonazos de “mercadotecnia”, en la cual la raza se vio favorecida, se empezó a especular con las dimensiones del perrito y las particularidades craneales de los Chihuis que, dicho sea de paso, tienen una mollera, o hendidura craneal no cerrada igual que nosotros al nacer, lo que les confiere ciertos riesgos frente a las caídas tempranas, así como su particular apariencia con cráneos llamados de manzana o de venado.


La entonces reciente independencia de México no permitía poner atención a los perros nativos que eran un tanto parias en aquellos tiempos, así que la exportación de muchos ejemplares procedentes de todo el país mexicano fue una tarea que se dieron durante muchos años de colecta y reventa, viajaron por años y adquirieron por compra en México para vender en los Estados Unidos a los perritos pequeños donde fueron inmediatamente aceptados, este hecho comercial a la postre habría de contribuir a la estabilización de la raza, principalmente en los Estados Unidos, donde se aplicaron principios de conservación y no consanguinidad de los Chihuis primero que en el mismo México.

Algunas pruebas genéticas realizadas a los chihuahueños modernos nos reflejan una cercanía con diferentes razas europeas, lo cual nos remite al impacto con los colonizadores españoles, lo interesante es que recientemente se ha descubierto un haplotipo único concerniente a los perros Chihuahueño, tal vez aquel que los vincula de manera directa con los Techichi, el perro consentido de los pueblos del México antiguo.

Sin temor a equivocarme, ayer como hoy habrían ganado el corazón de todos aquellos que los conocieran de verdad, cuando vieran el aplomo y sobriedad con las que un Chihuahueño encara al mundo, cuando transforma su rostro para lograr una caricia o algún premio, o la alegría desbordada con la que recibe a sus amigos humanos aunque solo hayan ido al baño… cuando haces clic con un Chihuis tu corazón hará una conexión milenaria, irá tras las más antiquísimas formas y se encontrará con las más modernas circunstancias, ahí estarán los empoderados chihuahueños, dueños de su espacio vital y de todos los corazones que sean tocados por su dulzura.

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