Cambiándome de casa


Por Dr. Raúl García Miranda | M.V.Z. Luis Arturo García Domínguez | M.V.Z. Beatriz Figueroa Andrade


Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo

Así -o más o menos-, va una canción que le escuché a Alberto Cortéz, que no sé si él la escribió, pero así es, cada amigo tiene un lugar especial en el corazón. Y ese lugar está lleno sólo con la presencia de ese amigo en particular, y si ese amigo se va porque muere, se aleja o desaparece, otros amigos no pueden llenar ese hueco. ¿Por qué la canción dice así?, no lo sé, pero creo que aplica también para los amores de los seres humanos y los perros. El amor a los abuelos no lo sustituye el de los padres y el amor a los padres no lo sustituye el amor a los hijos y el amor de los nietos no sustituye el amor a los hijos. Son amores diferentes y cada uno tiene un lugar especial en el corazón de las personas y los perros. Y cuando un hijo muere, los demás hijos no llenan el espacio porque él tenía el suyo en particular.


Tal vez nuestros amables lectores, tanto damas como caballeros, estén de acuerdo o tal vez no. Sin embargo ¿qué tienen que ver estos conceptos con la canofilia? “Supongando” (suponiendo es otra cosa), supongando que “aiga” (haya es en otras situaciones) alguien que esté de acuerdo ¿y?


Pues nos vamos a cambiar de casa después de haber vivido en la actual por más de 35 años, casi 40. Mi esposa y yo ya vamos para los setenta años y desde luego tenemos reumas que de jóvenes no teníamos. Reumas en las rodillas, en la columna vertebral, reumas por la diabetes y por la hipertensión arterial, etc. Hace 40 años compramos un terreno campestre, en las afueras de León, para ir haciendo al paso nuestra casa. ¿Por qué un terreno campestre? Bueno, no teníamos dinero para comprarlo urbano, ya que lo necesitábamos grande, a ella, mi esposa, le encantan las flores, los árboles, etc. Así es que necesitaba espacio para sembrar. En cambio a mí me encantan los perros, así es que necesitaba espacio para ellos, un lugar para entrenar, con perreras decentes y cómodas, etc. Ahora esa casa quedó en zona urbana, en cuarenta años, la ciudad alcanzó el campo donde vivíamos y nos urbanizaron. Pero resulta que la casa ya no es apropiada para nosotros, simple y sencillamente a los casi setenta años ya no podemos con ella y nos vamos a cambiar a una casa más pequeña.

Supongando que aiga alguien que esté de acuerdo ¿y? Cada amigo, cada amor que se va, deja un hueco que no se puede llenar y los ancianos tienen necesidades que de jóvenes no tenían ¿y?

Ahí está el detalle, diría Mario Moreno "Cantinflas". Las vivencias y experiencias canófilas en esta casa han sido tantas, tantas, que hoy estoy lleno de nostalgia por ello. Algunas vivencias y experiencias han sido muy buenas, excelentes y otras han sido malas, pésimas. De todas aprendí, en algunas con una gran sonrisa o una carcajada y en otras llorando. No metafóricamente, si no llorando en realidad.

Cambiarte de casa es un evento muy fuerte para los seres humanos. No se trata de los tabiques y las varillas, se trata de la vida que ahí gastaste, que ahí disfrutaste, que ahí sufriste, en resumen: que ahí viviste.


Mi vida siempre ha estado llena de Dios, de mi familia, mis perros y la medicina del deporte. Hace unos años, al platicar en la familia sobre las lápidas en las tumbas de los panteones, empecé a hablar sobre la mía. Mis hijos querían poner un poema, unas frases de agradecimiento y de amor. Entonces les dije: si soy el muerto y es mi tumba, yo escojo y no ustedes. Mi lápida, o bien mi placa en la urna de cenizas de cremación, debe decir así: Raúl, teólogo, médico, deportólogo y entrenador de perros. No estuvieron de acuerdo, pero como seré el muerto, tengo derecho a escoger.

Ahora que me voy a cambiar de casa, se vienen a mi memoria los perros que han pasado por mi vida. Pobres de mis perros con los que me inicié. Puros errores, casi todo lo hacía mal y, desde luego, los culpaba a ellos. Mi primera perra de competencia en Obediencia fue la Triaca, una perra Pastor Alemán y ganaba todo. Hasta que un día un juez me dio 199 puntos de 200 posibles y al premiarme en primer lugar me dijo: «Es gracias a la perra, tú eres un manejador malísimo». Y así era, cometía demasiados errores y además era necio hasta la desesperación y la soberbia. La diferencia entre el perseverante y el necio, es que el necio continúa en su error, en tanto el perseverante continúa en su acierto. Yo no era perseverante, era necio. Y si a eso le agregamos la soberbia, creerme superior a los demás, pues el cuadro del error queda exacto. Así es que no se imaginan la cantidad de perros que mal maneje y con los que fracasé. Hoy los recuerdo y aunque sé que es tarde, les pido perdón. No sólo por lo mal que los entrené, sino también porque siempre que fracasaba los culpaba a ellos, siendo yo el culpable.

Cuando llegué a la casa de la que me voy a cambiar, apareció en mi vida canófila una persona un tanto extraña, de bajo perfil, malito para competir, con un perro corriente, según él un Rottweiler que parecía todo menos un Rottweiler, pero con una enorme capacidad de percepción. Cuando los amigos nos juntábamos a entrenar, siempre me decía: «Mira ‘doc’, (así me decían entre los canófilos por mi carrera de medicina, sin embargo, mi apodo de amistades siempre ha sido ‘albatros’) cómo le hace aquel que es el que ganó. Cuando íbamos a competir, antes y después de participar siempre estaba a un lado del ring, observando, anotando y platicando con los que ganaban. Empezó a tomar cursos, obtuvo un buen perro y acabó ganando en las competencias. ¡Bájale, bájale al orgullo doc!» siempre me decía. «La Triaca es la buena no tú -me decía-, te imaginas si los dos fueran buenos». Nunca olvidaré que en un accidente automovilístico regresando de San Miguel de Allende tras competir en Obediencia, él fue el único que se quedó conmigo, trasladó a mi familia y a mis perros a mi casa en León y estuvo pendiente de mí. La vida nos llevó por caminos diferentes, nos dejamos de ver y frecuentar, hasta que me enteré que lo mataron en un asalto. Lo menos que podía hacer era ir a misa, y fui.


También en esta casa de la que me voy a cambiar, tuve perros de excelencia. No porque hubiera mejorado, sino porque entendí que mi soberbia le hacía daño a todo mundo, incluso a mis perros. Un día una monjita amiga mía a la que quiero mucho me dijo: «Raúl, ¿sabes por qué no debes ser soberbio? Porque la soberbia es el peor de los pecados capitales. Porque es el pecado que cometió Luzbel, creerse más que Dios y por eso se convirtió en el diablo. ¡No seas soberbio! La virtud que contrarresta la soberbia es la humildad, el servicio a los demás. ¡Practícalo!» y desde entonces entendí.

La Triaca -la Pastor Alemán- llegó a la casa de la que me voy a cambiar ya adulta y campeona, como de unos siete años. Ella es una de los dos mejores perros que he tenido. El otro perro, que era tan bueno como la Triaca -o más- fue el Tiliche, un Pastor Belga Malinois. Un perro delgado y pequeño, hoy los Malinois son unos “malinoisotes”. Me hacía recordar a la Triaca porque en los espectáculos, las exhibiciones, las demostraciones, siempre hacía todo bien, aunque yo me equivocara. Le daba la orden equivocada o tardía o fuera de lugar y él hacia lo correcto y al terminar me decía quedito para que nadie oyera, "la regaste humano, así no era.”


Desde luego que recordar a todos los perros que pasaron por esta casa, es imposible. Con mis perros nunca competí en belleza y conformación, sin embargo, a uno de mis hijos le dio por participar en exposiciones de ese tipo y hasta de esas tenemos moñas y trofeos.


Dicen los chichimecas, yo soy nieto de chichimecas e hijo de chichimeca, por lo tanto chichimeca por mi padre, que hay viejos tontos. Que la vejez no es garantía de volverte sabio. Que el viejo que es capaz de analizar su vida y aprender, se puede volver sabio. Sin embargo, para llegar a ser sabio se requiere la ayuda del dios del viento que sopla en la barranca de los remedios en la sierra de Pénjamo, sólo con la ayuda de él se puede llegar a ser sabio.


En la actualidad tenemos, mi esposa y yo, cuatro perros. Dos Malinois, hembra y macho que viven en una granja de uno de mis hijos, y en casa una perra Border Colli y una callejerita, que es la consentida. Sin embargo, me ilusiona, sí, me ilusiona, ya viejo y con reumas en todos lados, tener en mi nueva casa una perra Pastor Holandés. Voy a empezar a buscarla y la voy a entrenar. No soy sabio, pero ya pasé por la iniciación chichimeca a los cinco años de edad, me llevó mi abuelo, con el dios del viento a la barranca de los remedios en Pénjamo y creo que eso me va ayudar. Son muchos los fracasos y son muchos los éxitos. Analizando y aprendiendo de todo lo que pase en la casa que voy a dejar, estoy ilusionado de volver a empezar con una perra. ¿Por qué una Pastor Holandés? Porque nunca he tenido una y es un nuevo reto para mí. Tal vez sea la última perra de mi vida, porque no creo que en diez años -si no he muerto-, pueda seguir entrenando perros.


Cuando un amigo se va queda un espacio vacío, cambiarte de casa es dejar toda una historia de vida; sin embargo, cuando pierdes la capacidad de alegrarte por lo nuevo, empieza a dejar de valer la pena vivir. Y estoy alegre por empezar de nuevo y con una Pastor Holandés, que aún no tengo, pero la voy a tener.

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